MITOS, LEYENDAS Y TECNOLOGÍA


                           Edith Neglia Icaza

Cuando escucho de mitos y leyendas peruanas, me sitúo nuevamente en mi infancia. Una época de mi vida llena de ríos, de retamas, pájaros y sonidos de lluvia sobre el tejado. Noches de lámparas a kerosene cuando fallaba la electricidad, y eran aquellas noches cuando mi madre aprovechando las sombras de las lámparas y el sonido de las gotas de lluvia, empezaba los relatos de historias de ancestros.

Todo empezaba… dentro de los rocotos vivía una persona muy pequeñita que tenía unas cejas muy pobladas que le añadía los colores y picores, así con una mirada muy profunda… mientras nos relataba ello, gesticulaba y simulaba ser el extraño personaje a quien vívidamente describía.  Pasaba a contar la siguiente historia: …El Huascarán era un valiente príncipe guerrero mortal y el Dios Inti tenía una hija llamada Huandoy, tan bella e inmortal como una flor perenne del campo, a quien su padre quería casarla con un príncipe que correspondiera con tal belleza y virtudes. Pero los jóvenes Huascarán y Huandoy se encontraban a escondidas y cuando los encontró el Dios Inti, estalló en tal furia, ante la fuerza del amor de su hija con un mortal que maldijo esta relación y les condenó hasta la eternidad a vivir separados.  Les convirtió en dos grandes montañas de granito y las cubrió de nieve perpetua para calmar su ardiente pasión. En medio de las dos montañas situó un valle estrecho y profundo para que estuviesen totalmente aislados y en su furia, el dios padre, elevó las montañas a una altura majestuosa, con el fin de que los príncipes se pudiesen ver, pero nunca más se llegasen a tocar.

Luego de cinco historias más, terminaba relatando las apariciones cuando el abuelo iba subiendo hacia su chacra y tenía que pasar por el cementerio, los encuentros con espíritus de caballos, asnos y duendecillos. Finalmente…cuando las lámparas ya iban apagando sus llamitas juguetonas, terminaban las historias, y nos enviaba al fondo del huerto de la casa solariega, para arrancar las ramitas del orégano mojado por la llovizna, para el oloroso y calientito tecito nocturno.

Hoy, estas historias están casi extintas, ya no se cuentan casi cuentos, las familias ya no tienen el tiempo para cenar o departir juntos. Si bien es cierto, vino la tecnología para brindarnos facilidades, cierto confort, también el exceso de ella ha separado a las familias, cada uno está atendiendo sus tareas, actividades, amistades y todo lo que conllevan las ocupaciones del Siglo XXI.

Algunas personas dicen que pueden tener una buena conversación en familia, mientras usan el teléfono o la tableta. La socióloga Sherry Turkle llama a eso “el mito de la multitarea”. Por eso, aunque muchos crean que hacer más de una tarea al mismo tiempo es algo bueno, en realidad, no lo es, puesto que nuestro rendimiento decrece con cada nueva tarea que añadimos a la combinación. Turkle (2019), afirma:

No se trata de rechazar la tecnología, sino de recuperar la conversación. Y para ello es necesario crear espacios libres de tecnología, como la cocina, el salón o el coche. Los aparatos electrónicos desvían nuestra atención y afectan a la profundidad de la conversación, así que la manera más eficaz de aprender a conversar de nuevo es olvidarnos de la tecnología cuando estamos con otras personas. (p.8)

 

Turkle, S. (2019). Diario de Sevilla. Cuanto más tiempo pasamos conectados, más solos nos sentimos. https://www.diariodesevilla.es/entrevistas/Sherry- Turkle-tiempo-conectados-solos-sentimos_0_1323768033.html

 

 


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